Ausente
como el aleteo de la paloma
el viento sabe a escarcha
el alba se tiñe rosa
la luna abandona la noche
fuera
lejos
siempre
Ausente
como el aleteo de la paloma
el viento sabe a escarcha
el alba se tiñe rosa
la luna abandona la noche
fuera
lejos
siempre
Papá:
Quiero escribirte esta carta desde el camino que ahora recorro. Sin duda, ambos poseemos almas de guerreros que vibran con el sonido del tambor, el galope de los caballos y el filo de la espada. No sé si nos conocimos en otras vidas, pero quisiera imaginar que sí; tal vez fue en las inmensas estepas de Mongolia.
Ahora que me encuentro estudiando nuevamente, quiero agradecerle a la vida por permitirme tenerte en mi mente cada vez que escribo y reescribo la historia. Tengo una tarea pendiente: escribir la memoria de los olvidados y, especialmente, escribir sobre ti para que nadie pueda olvidarte.
Después de terminar esta etapa, planeo dedicarme a escribir. Sin embargo, siento que enfrentar la tecnología, la inteligencia artificial y la mediocridad es cada vez más difícil. Todavía no conozco del todo mi propia voz ni alcanzo a distinguir con claridad mi propio pensamiento. Tal vez deba escuchar con mayor atención los ejemplos de mi madre y ponerlos en práctica. Tal vez la luz se encuentre en la meditación, en el silencio y en las enseñanzas de los maestros.
Ahora voy a comenzar un periodo difícil de soledad y, al pensarlo, recuerdo también la tuya. Quiero pedirte que me des la fuerza y la protección necesarias para afrontar la vida, la escritura, el trabajo y el estudio. Acompáñame cuando dude, protégeme cuando sienta miedo y ayúdame a no abandonar el camino que he elegido.
Te quiero y te extraño mucho. Mientras escribo estas palabras, escucho música de las estepas para sentirte cerca y llevarte siempre en mi corazón.
Por: Camila Mojica
Mi paradoja empírica se fue construyendo a lo largo de mi vida laboral, no como un evento aislado, sino como una acumulación de decisiones, esfuerzos, deudas, pérdidas y formas de supervivencia. Durante años he trabajado de manera constante, a veces en empleos más estables y muchas otras enlazando contratos, trabajos simultáneos, emprendimientos e ingresos informales. Sin embargo, esa continuidad en el trabajo no se ha traducido en tranquilidad económica, sino en una relación cada vez más intensa con la deuda, el riesgo, la vigilancia financiera y la necesidad de sostenerme dentro de un sistema que sé que me precariza.
Entre 2008 y 2015 trabajé en Telemedellín en producción audiovisual. Empecé ganándome 800 mil pesos mensuales y, hacia 2011, comencé a ganarme alrededor de 3 millones. Ese aumento en los ingresos hizo que los bancos empezaran a ofrecerme créditos por 5 millones de pesos. Al principio, esos créditos parecían una posibilidad de apoyo, algo manejable, una herramienta para ampliar mis posibilidades en un momento en que sentía que podía crecer profesionalmente. Inicialmente hacía pagos a una sola cuota, pero poco a poco la deuda fue creciendo. Parte de esos recursos los usé para viajar a Estados Unidos por trabajo, a Cuba para estudios académicos, donde además me endeudé para estudiar Televisión Infantil, y también para pagar matrículas universitarias en el Politécnico Jaime Isaza Cadavid. En ese momento, yo seguía esforzándome académicamente; de hecho, agradezco que en la Universidad Nacional siempre procuré tener el mejor promedio, lo que me permitió eximirme del pago de matrícula. Aun así, la deuda ya empezaba a organizar parte de mi vida.
Desde 2011 acepté además un producto de MetLife que fue presentado como respaldo, ahorro para el futuro y protección. Yo lo asumí como una forma de construir una supuesta jubilación frente al aumento de la deuda, como si estuviera pagando para mi vejez y para garantizar cierta seguridad futura. Durante varios años me descontaron dinero de manera constante; entre 2011 y 2014 pagué cerca de 5 millones de pesos. Cuando salí de Telemedellín y ya no pude seguir asumiendo ese costo, quise retirarme y recuperar ese dinero, pero no me devolvieron nada porque no había cumplido el tiempo mínimo exigido. Con el tiempo entendí esa experiencia de otra manera: no como un verdadero ahorro para mi vejez, sino como una forma contractual en la que la promesa de jubilación encubría, en la práctica, un seguro de vida y permanencia. Yo lo viví como una estafa legal: no pagaba realmente para mi retiro, sino por seguir estando disponible, sana y cumpliendo las condiciones del contrato; y cuando ya no pude sostenerlo, lo aportado se perdió. Esa experiencia fue muy dura para mí, porque me mostró que incluso los mecanismos presentados como protección y previsión podían operar también como formas de extracción.
Cuando terminó mi contrato en Telemedellín yo todavía debía cerca de 2 millones de pesos. Salir de ese trabajo no significó una liberación financiera, sino la necesidad de seguir pagando en medio de una situación más incierta. En 2016 tuve que aceptar múltiples contratos cortos en universidades, en Fundación Unidas y en EAFIT. Continué pagando las cuotas que ya tenía y, al mismo tiempo, me ofrecieron más créditos. En un momento de desempleo y tristeza por lo perdido con MetLife, acepté incluso comprar a crédito un viaje a Japón, por un total de 12 millones de pesos, además de los 2 millones que ya venía pagando. En esa época empecé mi emprendimiento Nodelab, que era también una apuesta por construir una fuente propia de ingresos. Pero Nodelab no siempre tenía clientes y muchos de los negocios funcionaban a través de la informalidad, de acuerdos de palabra y de ingresos irregulares. También adquirí créditos en Nodelab para poder pagar empleadas, cubrir gastos fijos y sostener la operación mientras llegaban pagos de clientes que podían demorarse hasta tres meses. Así, el emprendimiento no fue una salida estable, sino otra forma de sostenerme dentro de una economía marcada por la incertidumbre.
Entre 2017 y 2018 combiné trabajos en diseño, comunicaciones y audiovisual, tambien fueron los primeros años que declaré renta. Durante ese tiempo seguí pagando la deuda, pero como no siempre tenía trabajo fijo todos los meses, los intereses de mora hicieron que la deuda creciera y creciera hasta llegar a 30 millones de pesos. Esa es una de las contradicciones más fuertes de mi experiencia: yo trabajaba, pagaba y me esforzaba por cumplir, pero aun así la deuda no disminuía de manera proporcional; por el contrario, se expandía. Ahí entendí con más claridad que la deuda no castiga solamente al que no quiere pagar, sino también al que vive en condiciones laborales irregulares y no logra sostener una continuidad perfecta en los pagos.
Entre 2018 y 2019 seguí superponiendo trabajos en Telecinco, teatro y universidades. Continué pagando las deudas y empezaron a aparecer trabajos un poco más estables. Sin embargo, en 2019 tuve una pelea con mi socia y me vi obligada a liquidar la empresa Nodelab. Al final, debido a una distribución desigual del capital y del patrimonio, para no perder completamente lo invertido terminé quedándome con todo lo que había allí, y eso incluía también los créditos y las deudas de la empresa. Es decir, no solo arrastraba mis deudas personales, sino que asumí además la carga financiera de un proyecto empresarial que no pudo sostenerse. Ese mismo año declaré renta por 7 millones de pesos, lo que muestra otra dimensión de mi experiencia: aunque por momentos lograba producir ingresos, esos ingresos no representaban necesariamente alivio, porque ya estaban comprometidos por deudas, obligaciones y pérdidas acumuladas.
En 2020 coexistieron varios contratos y se intensificó el pluriempleo. Continué pagando deudas y cuotas, y declaré renta por 5 millones. A partir de 2020 y hasta 2024 trabajé simultáneamente en EAFIT-SIATA, Universidad de Antioquia y en el Centro Nacional de Memoria Histórica. Esa etapa puede verse como un período de trabajo fuerte, sostenido y profesionalmente valioso, pero también fue un tiempo de autoexplotación. Continué pagando deudas y cuotas, tratando de sostener todo al mismo tiempo. En 2021 declaré renta por 7 millones de pesos. Entre 2022, 2023 y 2024, debido a los múltiples contratos, mis declaraciones se movieron entre 2 y 5 millones. Legalmente, esta obligación se enmarca en el impuesto sobre la renta y complementarios, que en Colombia constituye un solo impuesto, y la obligación de declarar depende, entre otros factores, de topes de patrimonio, ingresos, consumos y consignaciones bancarias. En mi experiencia concreta, la declaración de renta no se vive como un simple trámite, sino como una extracción estatal sobre el patrimonio y el ingreso que quedan después de sostener deudas, salud, trabajo y reproducción cotidiana.
En 2022 logré finalmente pagar el crédito que ya había llegado a 30 millones de pesos. Eso podría parecer un momento de cierre, pero en realidad no fue el final del circuito. En 2023 mi padre murio como migrante ilegal en el exterior y para acompañarlo en su funeral tuve que hacer un credito de 3 millones de pesos. En 2024 mi madre sufrió un infarto, y esa emergencia me llevó a aceptar de nuevo un crédito de 30 millones. Con 7 millones pagué las cirugías de mi mamá y parte del cuidado que necesitó después, porque se enfermó y yo tuve que asumir gastos asociados también a la fundación, que es el emprendimiento de ella, además de otros gastos médicos. Con el resto compré el carro de mi hermana, ayudé a mis hermanos a pagar un viaje para hacer el posdoctorado y también financié una maestría para mí. Sin embargo, no pude continuar esa maestría por la autoexplotación y el agotamiento intelectual. Trabajaba en varios frentes al mismo tiempo, sostenía deudas, asumía responsabilidades familiares y trataba de seguir estudiando, hasta que tuve que reconocer que la única forma posible de continuar formándome, para poder aspirar a mejores ingresos, era a través de una beca.
Desde entonces la deuda sigue creciendo, porque en los períodos en que no tengo ingresos me toca renegociar, aceptar penalizaciones y volver a entrar en el circuito del pago ampliado. Esa es una de las formas más claras de mi paradoja: incluso cuando reconozco que las renegociaciones me perjudican, las acepto porque no hacerlo puede implicar un deterioro más inmediato. También he vivido cómo tanto los ingresos formales como los informales aumentan la vigilancia sobre mí. Cuando el dinero entra al sistema bancario, cuando se mueve entre cuentas o cuando queda registrado, aumenta la exposición a impuestos, declaraciones de renta, monitoreo constante y posibles embargos. La DIAN señala que, entre los criterios que obligan a declarar renta para personas naturales, se encuentran no solo los ingresos, sino también el patrimonio bruto, los consumos y el valor acumulado de consignaciones, depósitos o inversiones financieras. Así, el ingreso no es simplemente un recurso para vivir, sino también un punto de captura.
Por eso me he visto obligada a buscar formas de administrar el dinero por fuera del sistema bancario, para poder conservar al menos un mínimo que me permita sostener la vida. El efectivo, los acuerdos informales y ciertas formas menos visibles de circulación del dinero se convierten entonces en una estrategia de supervivencia. No porque yo rechace por principio la formalidad, sino porque la bancarización completa, en mis condiciones, significa también mayor exposición a la captura, al embargo y a la extracción tributaria y financiera.
Me están amenazando. Me amenaza el Estado cuando la declaración de renta deja de ser solo una obligación administrativa y se convierte, en mi experiencia, en la advertencia de que una falla tributaria puede escalar hacia sanciones graves e incluso consecuencias penales en determinados supuestos previstos por la ley. Me amenaza el banco cuando me hace vivir bajo la idea de que, si no pago, me pueden embargar lo poco que tengo, inmovilizar mis cuentas y quitarme mis bienes. Para 2024, ese bien era el carro; y aunque no me lo quitaron judicialmente en ese momento, el peso de esa amenaza organizó mis decisiones hasta el punto de venderlo en 2025 para poder estudiar. Esa venta no fue un acto libre en sentido pleno, sino una respuesta dentro de un campo de opciones restringidas por la deuda, la vigilancia y el miedo.
Esa es la forma concreta de mi paradoja empírica. No se trata simplemente de que debo dinero o de que tengo obligaciones fiscales. Se trata de que vivo dentro de una estructura donde trabajar más, declarar más, mover más dinero y sostener más responsabilidades no me libera, sino que me hace más visible, más capturable y más amenazada. Sé que me están amenazando y, aun así, continúo actuando dentro de esas reglas, porque salir de ellas parece todavía más costoso. La coerción no me paraliza: me obliga a moverme, a vender, a pagar, a renegociar, a esconder parcialmente lo que gano y a reorganizar sin descanso mi vida para seguir existiendo. Por eso, mi autobiografía no es solo la historia de una deuda, sino la historia de una vida gobernada por amenazas, donde cada uno es libre de escoger las propias cadenas que condicionan su vida.
Colombia. Decreto 1625 de 2016. “Por medio del cual se expide el Decreto Único Reglamentario en Materia Tributaria”. Bogotá: Presidencia de la República, 2016.
Colombia. Estatuto Tributario. Artículo 5. Bogotá: Secretaría del Senado de la República de Colombia.
DIAN. Declaración de Renta Personas Naturales AG 2024. Bogotá: Dirección de Impuestos y Aduanas Nacionales.
pero lo común nunca se fue.
Estaba en ellas: las mujeres.
En Luz o en Lucero.
En la tía y las tías.
En la abuela o las abuelas.
En la madre y las madres.
Luz clara y cálida.
Lo común es el salvavidas,
mi vida sostenida en manos
que hacen ruido, cantan,
regañan y oran.
Me cuidan. Nos cuidan.
Cuidamos.
Compañía que se impone,
se queda y aguanta.
Persistente.
Luz es fuego y fuerza.
Palmada y límite.
Es la regla que se rompe
y luego llega con el perdón,
la confesión,
la transformación lenta.
Encandila su belleza
como la elegancia de lo cotidiano,
es la finura del detalle,
que es constante y cambiante
como lo finito e infinito.
Se lleva en el corazón,
a todas partes, donde los pasos caminan.
Ella es las enseñanzas,
los cumpleaños,
un incienso luminoso
que guarda la plegaria
y el anhelo.
Pajarito azul,
reposas en sus manos
con el pecho partido.
Tiemblas como un pichón
caído del nidal.
Respiras con dolor en la oscuridad,
mientras la carne se vuelve raíz
y los huesos, piedra.
Acompañas a un viejo
olvidado por sus hijos;
abrazas su corazón,
camino hacia Caronte,
para que recuerde a esa niña
que lo esperó
frente a la puerta.
¡Sé que estamos siendo amenazados!
La tierra es muy fértil
y es necesario desangrarla,
para que extraiga, rinda y pague.
Ellos quieren venir,
otra vez,
con su Biblia,
con su mapa,
con su lengua.
Saquear y conquistar
es lo mismo.
Solo cambia el uniforme:
ahora manda la espada, el imperio
antes el contrato, la deuda.
Todo se acaba,
cada vez es más incierto.
¿Va a dejar de llover?
¿Todo se va a inundar?
¿Nos vamos a incendiar?
Las frutas ya vienen sin semillas.
La luz natural es privatizada.
Y los precios aumentan,
el hambre es una industria
y el miedo un impuesto.
No tengo trabajo,
y si me enfermo…
¿cómo poder ayudarme?
La plata es medida y temporal:
un permiso corto para existir,
un alquiler del cuerpo,
una tregua.
¿Qué voy a hacer?
No lo sé…
Pero al menos
no nos han bombardeado.
Pobres hermanos,
van a terminar
sin tierra, cultivos ni casas,
despellejados y amputados,
recolectando muertos
cómo semillas carbonizadas.
El cuerpo una cifra,
el dolor una noticia,
la sangre convertida en paisaje.
El mundo está colapsando.
Porque lo que cambia
no es solo el clima:
es el tacto
Vivir
debería ser posible,
pero…
en el parque frente a mi casa
todo está bien,
por ahora.
La rutina es igual:
los niños corren,
la gente pasea,
los pájaros ponen nido
los árboles siguen de pie.
y aun así...
siempre soñé esto…
no tener que hacer algo,
solo nada.
Abrazar a mis perros,
como abrazo mi suspiro.
Comer lo necesario
sin culpa.
Leer y escribir
como quien guarda agua
en medio de un incendio.
Sueño, pienso, no soy funcional.
Soy libre con mis zapatos y la maleta.
Y aunque esté sola,
aunque el mundo se derrumbe,
caminar
caminar
caminar…
Cuerpo vacío
Sí, soy ese cuerpo muerto en el fango, con la mano suelta reposando sobre mi ombligo; amputado de la vida, con la conciencia que se diluye cuando la sangre se funde con la tierra. Mi mirada, entreabierta y opaca, refleja la luz oscura de la esperanza. Soy ese cuerpo con la camisa rasgada, el cuello tensionado y la herida hecha piedra. Soy ese habitus que carga la historia del poder: la fuerza que aplasta los huesos hasta triturarlos para hallar, en el polvo, fragmentos de diamante, coca, petróleo y oro.
Soy la dignidad podrida que nadie puede enterrar, porque ya no queda quien llore la ausencia. Sobre mí reposan historias de exterminio, explotación y miedo. Soy ese cuerpo que habito con el corazón suspendido y asfixiado. Soy yo, el que se relaciona con el presidente como un número que luego se resta.
Soy ese cuerpo lleno de balas y vacío de humanidad; soy lo que han logrado dominar: la muerte sobre la vida, el silencio y la obediencia. Soy ese cuerpo extendido entre muchos otros, que ya solo podemos resistir la putrefacción mientras nos sepultan o nos queman.
El poder domina a los cuerpos muertos.
En aquella época impregnada de aromas a pena e incertidumbre, mientras el viento giraba en torbellinos erráticos por aquel laberinto, una niña cerraba los ojos y se sumergía en mundos paralelos.
Allí era heroína, guerrera, soñadora, invencible.
Al cerrar los párpados, se desprendía del cuerpo. Contra toda gravedad, ascendía en una corriente gélida que colisionaba con el calor de su corazón. Viajaba por la tierra en un suspiro y se perdía en paisajes inhóspitos y serenos, mientras el silbido del viento le murmuraba esa verdad que solo habita en el alma.
Con cada temporada de lluvias, su movimiento se desvanecía entre el silencio y el abandono. Tras incontables lunas y ausencias, solo quedaron escombros: ecos mudos, penas sepultadas, mareas de emociones ahogadas, remordimientos, dolencias, cicatrices, abismos.
El viento persistía, leve, y desde el horizonte surgía el canto de una cítara, anunciando otros mundos, otras promesas.
Por eso siguió.
Con el paso del tiempo, cedió su energía a otros, intentando hallar sentido.
Pero no lo hubo.
Su dolor solo se alivió cuando lo orientó hacia causas más vastas, más profundas. Sin embargo, el peso colosal de la humanidad la aplastó, y como Ícaro...
cayó.
A pesar del esfuerzo y las preguntas, no fue suficiente para aquello que el destino exigía de ella.
Hoy...
se sostiene en el mundo con las sobras de antiguos sueños.
Lo que queda de su ser apenas flota.
Pero respira.
Irá donde la conduzca el viento.
Buscará su libertad.
Irá con la falda corta, sin sostén, y el cabello al viento. Sin temor a la mano que hiere ni a la palabra que lacera. En su espalda remendará las alas desgarradas. Reunirá la fuerza de voluntad necesaria para cuidarse. Y llevará en el pecho el amor y la esperanza de aquella niña que aún la habita.
Allá quedaron mis muertos, enterrados en el río Apure; aquí, mis nietos juegan en el parque al lado del río Aburrá. Aunque ellos nacieron para desembocar en orillas distintas, sus aguas se mezclan por la guerra y el exilio.
Antes solo tenía una raíz. Ahora tengo muchas. Después de ser arrancado por una ráfaga violenta de odios añejados, me aferro a este nuevo lugar, con aire más seco y un sol que brilla con menos fuerza. Entre montañas, soy un Guayacán de ramas abrazadas que reposa frente a un hogar ajeno, cuyas ventanas reflejan una frontera invisible, delineada en los uniformes de militares y policías que patrullan las vías abandonadas. Mi ADN, que antes creía rígido, se enreda ahora con otra tierra, sembrada en un cañón convertido en valle.
El amor se desplaza con mis pies, y con mi voz sobrevivo en una esquina, al lado de una ceiba antigua que narra otros tiempos. Mientras pasan las horas, los meses y los años, canto la "Tonada de Luna Llena" que me acompaña cuando guardo las monedas. Vi, ya no una garza mora, sino un periquito bronceado que se esconde entre las ramas, los transeúntes me ignoran y los vendedores me adoptan para compartir conmigo un guandolo, mientras las ausencias pasan, discurren los instantes de vida.
Ya no soy un extranjero. Pertenezco, pero aún anhelo.
<body>
<p>Soy palabras.
Tinta en los dedos
Un susurro,
eco entre páginas abiertas al viento.
Ese espectro
que recuerda
sus versos
como un mundo
contenido en un hueco.
<section id= 2008>
Respiro preguntas.
Disuelvo las sombras.
Milito en campañas
y sueño con espejos.
Empiezo a narrar,
sin conocer
el caos del infierno.
<section id= 2010>
Exploto.
Como el sol.
Treinta y tantas veces nombro:
Moravia, los laberintos,
la ley islámica, la mujer de mi tierra,
la música irreverente.
Soy el teclado manchado
con lágrimas.
<section id= 2011>
Pequeña,
atravieso el desierto,
evoco a mis abuelos,
transcribo revoluciones
como sombras danzantes
de sueños ajenos.
<section id= 2012>
Me escondo entre libros:
Frankfurt, Perón, anarquías repetidas,
vidas refugiadas.
Trazo letras para no desaparecer.
<section id= 2013>
No logro detenerme.
Veinticuatro veces rasgo el mundo:
poemas, ensayos, reseñas e historias.
De Nueva York a Atenas.
Mi conciencia encendida
sabe que algún día dejará de arder.
Después me apago,
como las libélulas que dejan de brillar al amanecer.
<section id= 2014>
La soledad.
<section id= 2015>
La espalda, el barrio triste,
un río que habla como yo.
El callar llega
con forma de vacío.
Desentierro el olvido.
La esperanza brota de las venas,
como una laguna ardida que se evapora.
Cada palabra ausente
en el mundo
detalla esa desolación.
<section id= 2016>
El cuerpo y la conciencia
danzan en otras tierras:
Tokio, Hiroshima, Nara, Fuji, Kyoto.
Pisadas sobre un mar de pétalos
que no desean regresar.
…Luego, el reencuentro:
gotas saladas,
conversaciones amargas,
despedidas prolongadas.
<section id= 2017>
Amor.
Nostalgia.
Lejanía.
Letargo.
<section id= 2018>
Amor.
Presencia.
Astío.
Letargo.
<section id= 2019>
Resucito un poco,
con ojos negros y prostitutas sabias.
Antes de volver al polvo,
quiero decir algo más.
Electra, Porfirio y Paloma,
máscaras y danzas
embriagan mi ser.
<section id= 2020>
Busco a mi padre
y no lo encuentro.
Solo quedan ruinas,
voces,
y yo.
<section id= 2021>
Como un hombre solo,
junto a un guayacán amarillo,
añoro el regreso
a un hogar perdido.
<section id= 2023>
Una sombra cansada.
Un latido herido.
La guerra perdida.
Una expresión contenida: silencio.
<section id= 2024>
Me atrevo al exilio.
Cruzo dos tierras
y escribo desde el borde:
volver.
<section id= 2025>
Imagino cuentos
con las heridas abiertas:
Hiroshima con amor,
Ecos de libertad,
Mujer Colibrí,
Cuando nazca,
La radio de Don Omar,
El barco,
Aguapanela para el peregrino.
Un recuerdo que aún redacta,
un suspiro con puntos suspensivos.
Ahora solo soy eso:
lo que dejo mientras existo.
Lo imborrable,
el espíritu que murmura en la penumbra,
cuando alguien, sin querer,
abre ese portal,
perdido en la nube que se disuelve a lo invisible.</p>
</body>
Dicen que las verdaderas heroínas no llevan tacones, ni capas, y mucho menos coronas.
A veces lleva en la mochila un libro de señas, un cuento infantil, un mapa en braille, un corazón vibrante… o una sonrisa que ilumina.
Esta es la historia de Caro Villalba, una mujer nacida en Envigado un 9 de diciembre de 1996, que desde muy temprano supo que el mundo no podía seguir igual si ella tenía algo que decir —o hacer— al respecto.
Caro es una mujer de muchos colores y formas. Cabello largo, ropa hippie-chic, una diva del espíritu y la mente. Libre como el viento, pero con raíces profundas ancladas al calor del amor de su madre y su hermano.
Su amiga Carolina Ortiz la describe así:
—¿Caro Villalba? Claro que la conozco... Es como una mezcla entre hada madrina y el Chavo del Ocho.
Pasó su infancia en Envigado, pero fue el frío de Bogotá —donde cursó el bachillerato— el que le enseñó una verdad entrañable: una puede irse de su tierra, pero la tierra no se va de una. Por eso volvió. Y con ese regreso, comenzó su leyenda.
Esteban Rivera recuerda:
—Cuando se emociona con los niños de la escuela, se vuelve loca con los juegos. No pierde esa dulzura ni esa pasión. Es como una mezcla de activista y mamá gallina.
A los 12 años ya lo tenía claro: quería estudiar Licenciatura en Educación Especial. Así, sin titubeos. Entró a la Universidad de Antioquia y, entre cuadernos, señas y sueños, comprendió que educar no es solo enseñar… es amar profundamente a las demás personas.
Alejandra Parra, entre risas, confiesa:
—¿La historia de la intoxicación con un brownie mágico en el concierto de música medicinal? Ay nooo… eso no te lo puedo contar. Pero casi me muero de la risa. A ella solo le pasan esas cosas.
Hoy hace parte del equipo educativo de SIATA, donde enseña ciencia a personas con discapacidades visuales y auditivas. Dice que la lengua de señas es uno de sus grandes amores, y que en un año será intérprete. Aunque, entre nosotras, ya traduce con el alma.
Anderson Silva dice:
—Tiene una energía muy contagiosa. Canta música medicina. Y tiene esa capacidad de captar la atención con su voz resonante y su sentido del humor.
Parece no tener miedo… aunque por dentro, cada día, lidia con el síndrome de la impostora. Pero siempre lo logra, porque sus sueños son tan altos como los Himalayas. Rendirse no es una opción. Para ella, vivir sin construir un mundo mejor simplemente no tiene sentido. Por eso insiste: tener conciencia de clase es, en el fondo, tener conciencia humana.
A veces se la ve escuchando:
Pajarito colibrí, no tengas miedo de salir
Hoy el mundo quiere que despiertes para ser feliz
Pajarito colibrí, no tengas miedo de vivir
Que la noche oscura y misteriosa baila para ti
Ella es como un colibrí: pequeña, vibrante, imparable.
No le teme al vértigo, porque ha entendido que volar no es no tener miedo… es hacerlo a pesar del miedo. A pesar del patriarcado, la desigualdad, la discriminación.
Por eso siempre se embarca en nuevas aventuras, buscando sentirse más cerca de su esencia.
Suele decir que su lugar en el mundo es la justicia.
Y que ser profe es su manera de habitarlo.
Camila Mojica, una de sus compañeras, lo resume con dulzura:
—Yo creo que Caro no enseña ciencia. Caro enseña esperanza. Sobre todo a las mujeres, porque es muy feminista.
Esta es Caro Villalba, una mujer casi mítica.
A veces distraída. A veces intensa. Siempre luminosa como su cabello al sol.
Una mujer que decidió no quedarse quieta.
Porque sabe que un mundo más bello empieza con un gesto pequeño.
Ella es una seña, una canción, una mujer fuerte.
Un colibrí de muchos colores.
Una mensajera espiritual que encarna el sentido de la libertad y la empatía.
Soy como los puntos suspensivos de un silencio contenido,
un pensamiento interrumpido rebanado en rodajas finas,
la expectativa desesperanzada frente a la gran probabilidad de un final infeliz.
Soy el centro de baja presión de una tormenta,
que está a punto de convertirse en huracán,
la mentira dicha o la verdad callada de un secreto guardado en mil voces.
Una lógica rota, sin continuidad,
como un crochet que se descose ante la falta de un punto final.
Soy el vacío donde sobran las palabras,
el eco que no responde,
la pausa que pesa,
la falta del ruido que nadie se atreve a nombrar.
Las ruedas de la camilla estaban bloqueadas para que no se deslizara en el pasillo blanco aséptico, que contrastaba con el negro glaseado de brillantinas de las estanterías, como si incluso el metal —que brillaba como estrellitas de colores extasiados— se negara a profanar esa geometría lúgubre del cuarto de hospital improvisado. Cada vez que intentaban moverla, un dildo con sensor de movimiento se activaba, vibrando en tono de alerta y encendiendo una luz de un cuarto de emergencia, como un caronte electrónico guardián. Y mi tía, acostada en la cama —pálida, asfixiada, sudada, despeinada— agonizaba de desespero, tristeza y dolor mientras exhalaba sus últimos alientos, que olían a Vick VapoRub y un lubricante de fresa.
No sabíamos si estábamos acompañando su muerte o consiguiendo mercancía para esconder en la cama y compartir con los tinieblos. El encargado de la tienda —un hombre con voz afeminada, brazos gruesos, espalda ancha y tez de chocolate— usaba un pantalón con camisa de botones blancos, junto con un delantal de encaje —entre enfermero y bartender— nos dijo que NO interrumpiéramos el tránsito natural de las almas. Que la cama ya estaba reservada para la experiencia final a las 7:30. Por eso nadie se atrevía a moverla. Porque eran sus últimos momentos. Fuimos desfilando, uno por uno, para decir la última frase de despedida.
Primero llegó Julia, con su cara hinchada y el bastón que colgó en la varilla metálica que sostiene el suero, le cogió la mano.
—Ay, mijita, yo le dije que no comiera tanta grasa, pero usted no escucha… igual ya no importa. Salude a Chilita y dígale que siempre voy a estar muy agradecida con ella.
Seguido pasó Dolores y le dijo:
—No se preocupe por su hijo. Si me limpia la casa, yo no lo echo a la calle.
Después, se unió la monja Maríana. Le puso la cruz en el pecho, cantó una canción evangélica y le murmuró al oído:
—Tranquila, que yo voy a orar para que San Pedro no me la devuelva.
Luego mi hermano Guillermo la observó en silencio y empezó a describir, como si todos fuéramos ciegos, lo que pasaba:
—Ya está mirando al infinito, tal vez está viendo a sus padres. Cecilia, no se preocupe, que todo va a estar bien… Uy, ya se siente fría, yo creo que le queda poco tiempo.
Entonces yo mejor me adelanté y le susurré:
—Dios la está esperando. Si ve una luz, sígala.
La monja le quitó la camándula a Cecilia que tenía colgada junto a un collar del sagrado corazón.
De pronto Lucerito la jaló del brazo y dijo, fuertemente:
— Pero no le quite las cosas que todavía no se ha muerto.
Bajó el tono de voz y le dijo a mi oído - Pobrecita tenía de todo en la vida y ya no le queda ni esa camándula vieja, qué horror morir de esa forma.
Cuando los asistentes terminaron de pasar, el mesero-enfermero le acarició la frente para limpiarle algo del sudor frío que ya ni siquiera duele en los huesos. Lo hizo con una delicadeza profesional y casi poética, como quien ya ha despedido demasiados cuerpos en camas demasiado incorrectas.
Luego, se quedó mirándonos a todos. Sus ojos delineados en negro y su camisa blanca con botones nacarados parecían brillar bajo la fluorescencia intermitente. Abrió los brazos, como si fuera a empezar un brindis o un sermón, y dijo con voz grave, inesperadamente grave:
—Al miedo no le han puesto pantalones… pero esta mujer sí se los quitó antes de morir.
Nadie respondió. Algunos se persignaron, otros se rieron con la garganta apretada. Yo solo bajé la mirada, no sabía a quién se refería si la tía Lucerito o a Cecilia que ya tenía los ojos perdidos en el techo.
Mientras tanto, desde la zona swinger, se escuchaban los arneses colgando, los sonidos electrónicos de una mala fiesta trasnochada y ruidos viscosos de choques entre cuerpos, que contrastaban con el bip bip agónico del monitor cardiaco y las bocanadas de aire expulsadas por los tubos del respirador. Todo ocurría al mismo tiempo. Todo era normal. Todo era absolutamente absurdo. Y yo ahí, con una mano en el suero y la otra en el catálogo de prendas de cuero.
Sonó la campanita de la puerta de salida y entraron dos hombres acuerpados con una mujer morena, delgada, alta, de ojos grandes, pestañas largas, cabello liso negro y labios gruesos rojos. Se le arrimaron al mesero-enfermero y le preguntaron por el succionador del clítoris y dos pares de condones. Mis tías parecían no escuchar nada, pero la monja sí comparó el tamaño de su hábito con el pelo de aquella exótica mujer: ambos llegaban a la cintura.
Luego sacó la camándula, siguiendo los pasos encomendados por la iglesia y su fe, entonces dijo - Libre señor el descanso eterno -
y todos los asistentes incluidos los clientes de la tienda y el personal médico - y brille para ella la luz perpetua -
Pero ¿cuál luz? Había de todos los colores y formas, como si cada una hablara una sección distinta de la tienda. Curiosamente, el sol no entraba a aquel lugar; como si el día no tuviera permiso de cruzar esa frontera. Pero las luces titilaban con una frecuencia energética propia, cada una parecía viva. En la entrada, una bombilla roja palpitaba en el suelo con el ritmo de un corazón primitivo, su tono era como el de la carne, el instinto. Más adentro, una línea de neón naranja delineaba los espejos con una sensualidad líquida, vibrando con el deseo apenas contenido de lo que aún no se refleja.
Desde el techo descendían espirales amarillas, pequeñas pero intensas, arrojando destellos que electrizaban las estanterías, como si el poder de la energía pudiera atraparse en cápsulas de plástico o cristal con las promociones del 2x1.
Al fondo, una lámpara verde envolvía la zona de los aceites con una calidez acogedora, y el aire olía a canela y miel, como si alguien hubiera evocado un recuerdo. Cerca de la caja, una luz azul celeste iluminaba el rostro del vendedor cada vez que decía “bienvenido” o “gracias”, dándole a sus palabras una dulzura extraña, casi hipnótica.
En la sección de lencería, un foco índigo parpadeaba justo sobre un maniquí de cuero negro, como si esa luz supiera más de lo que mostraba ese cuerpo vacío e inerte, guiando hacia lo que está más allá de las palabras. Y en el rincón más alto de la tienda, casi invisible, una luz blanca-violeta descendía en espiral desde una esfera translúcida, tan serena que parecía estar allí solo para quien supiera verla con los ojos cerrados.
La muerte, oscura en cambio, parecía haberse sentado a los pies de mi tía, como si estuviera enfriándole las raíces. Las venas se brotaban y se cristalizaban, mientras aún quedaba vida en las ramas, en las hojas, en las flores de su cuerpo. Sus mejillas no se habían rendido del todo, pero empezaban a parecerse al filo seco de una hoja que se resquebraja lentamente bajo la radiación del mediodía. Guillermo le revisó los dedos de los pies y dijo:
—Parece que ya se está enfriando. Ahora sí no hay retorno. Prepárense.
Todos estábamos a la expectativa, esperando que la muerte subiera hasta la coronilla de la cabeza, queríamos que su alma al igual que un avión despegara. El reloj sonaba cíclicamente, mezclándose con el sonido inerte de las máquinas: tic, toc, bip, bip, pushhh. Una y otra vez. Y nada, nada de nada. Seguía en ese estado límbico y desesperante, pero el tiquete no llegaba. Y no eran las 7:30. ¿Qué hora es?
Julia preguntó:
—¿Pero qué le falta?
Dolores respondió:
—A mí me pagó lo que debía de la administración del edificio.
La monja Mariana añadió:
—Ella ya se consagró como laica.
Guillermo, revisando el libro de contabilidad que reposaba en una de las estanterías —y que se confundía con una revista porno— afirmó:
—Mmm... según esto, lo de las tierras ya se vendió a una empresa bananera.
'
Yo me preguntaba internamente: ¿Qué es lo que falta? ¿Cuándo será las 730?
Entre todos hubo como un silencio cómplice parecido al de la conciencia colectiva que finalmente no sirve para nada.
Acudió el bartender-enfermero a la cama, le cambió el suero, me miró a los ojos y susurró a mi oído derecho:
—Si quiere sentarse, en la zona swinger hay unas sillas.
Yo, algo agotada, le dije - ay gracias, me da un cervecita por favor - y me senté, por los reflejos de los espejos del lugar observé a los invitados para verificar si continuaban acompañando a la moribunda.
Lucero y Julia se habían ido al baño. Dolores, se fue a conocer las nuevas mercancías que acababan de arribar de China. En el fondo seguía sonando: tic, toc, bip, bip, pushhh, tic, toc, bip, bip, pushhh.
Un hombre hermoso se sentó en la silla y me invitó a otra ronda. Yo me sentía incómoda; no era el lugar. Pero...mmm la cerveza estaba bien fría.
Nooo, yo debía estar con mi tía y NO conociendo a un tipo en un lugar inadecuado. Me paré como de afán, como para evitar preguntas y nuevas tentaciones. Ya todo era demasiado extraño.
Cuando me acerqué nuevamente a la camilla, todos comenzaron a regresar. Formamos un círculo: ya parecíamos estar ensayando para el velorio.
Guillermo se había quedado en la entrada y notó a alguien afuera: un hombre alto, de unos sesenta años, vestido con la distinción de un caballero de antaño. Llevaba un traje oscuro de tres piezas, camisa blanca impecable y un sombrero ladeado. Sus zapatos brillaban como espejos y un pañuelo asomaba del bolsillo del saco.
Guillermo llamó al mesero-enfermero:
—Señor, hay alguien afuera esperando.
El mesero-enfermero le abrió la puerta.
Guillermo puso cara de fastidio al ver al novio de mi tía. Era alguien que nunca había terminado de caerle bien a la familia; no se sabía si por el tono de su voz, o por su forma excesiva de saludar y meterse en los asuntos que no le incumben. El hombre saludó eufóricamente a Guillermo, apretándole la mano con fuerza, y luego lo abrazó por la espalda, dándole unas palmadas tan intensas que parecían querer lastimarle un pulmón.
—Hola, José Mario —dijo Guillermo con desgano.
—¿Cómo sigue? —preguntó José Mario.
—Ahí va, no sabemos qué le falta —respondió Guillermo.
Al escuchar la voz grave de José Mario, mi tía comenzó a retorcerse, como un cuerpo calavérico partiéndose en fragmentos desiguales. Abrió la boca, y sus dientes —amarillos, partidos— parecían a punto de salir disparados, pero colgaban aún, como su propia vida, de un hilo invisible. Sus brazos intentaron recogerse, y las muñecas giraron por completo, quebradas, como si los huesos fueran gelatina mal congelada. Todo crujía como un sonajero viejo y descompuesto. El olor era insoportable. Gases fétidos escapaban por cada orificio, y la repugnancia de lo putrefacto amenazaba con devorar al amor.
Pero todavía era un ser vivo, o casi, atrapado en el límite: ese punto exacto donde la existencia se inclina hacia el abismo.
La muerte comenzó a mecerse al ritmo de la Danse Macabre, que brotaba del parlante colgado junto a la caja registradora. Los dos hombres apuestos y la mujer morena se ubicaron en el centro del círculo de invitados, se tomaron de las manos y comenzaron a girar desde las puntas de los pies, rotando 360°, alzando los brazos como velos que caen y se funden con el viento. El violín desgarraba sus cuerpos, esculpiendo formas abstractas en el aire, mientras se besaban los tres al mismo tiempo. Sus pieles fueron decoloradas por la ceniza que emergía del suelo, como si algo hubiera ardido en secreto, ensuciando sin aviso el piso aséptico, que ya no brillaba, ellos parecían actores desteñidos por la intensidad de una obra que estaba terminando.
Las luces titilaron; un estallido eléctrico rasgó las partituras hechas eco de los violines. Todo se apagó. Y de pronto, volvió, como un instante fallido. La luz roja de la entrada se había fundido, revelando por fin la oscuridad de la noche que envolvía aquel lugar abstracto.
Lucerito dijo:
—¿A dónde se fue la muchacha? ¿Se fueron sin pagar?
Dolores replicó:
—No sea tan mal pensada.
Guillermo se hizo al lado de la cama, le tomó la mano y vio que ya no estaba empuñada como antes.
—¿Qué fue todo eso tan raro? parecían poseídos —dijo en voz baja.
Julia, señalando a la tía, preguntó:
—¿Qué le pasó a Cecilia?
José Mario empujó suavemente a Guillermo y abrazó a la tía con fuerza.
—Perdóneme usted sabe que fue la mujer de mi vida, las otras no importan —dijo, con la voz quebrada.
Lucerito replicó:
—No se le junte tanto, que le quita el aire.
Yo le susurré a Guillermo:
— ¿Será que la infiel fue otra?
El mesero-enfermero revisó el pulsómetro. Debía reiniciarlo para continuar monitoreando el deteriorado estado de salud de Cecilia. Al hacerlo, apareció la muerte. Ya no estaba parada a los pies de la cama: ahora reposaba sobre su estómago. Estaba en cuclillas, como un arlequín en miniatura esperando el momento de salir a escena, ella estaba comprimida, como una pequeña caja de seguridad que presionaba con firmeza el centro del cuerpo de su huésped.
El mesero-enfermero se agachó, deslizó la punta de los dedos en el suelo, miró de cerca el polvo y comentó:
—Parece que ya está cediendo… por lo menos, ya se desprendió de ese secreto.
Luego dirigió la mirada al hombre de la caja registradora:
—Por favor, tráeme la escoba y el recogedor. Con este polvero, alguien se puede caer y no queremos más shows el día de hoy.
La monja Mariana le ayudó a barrer, mientras él ponía unas inyecciones para el dolor, una vez se quitó lo guantes desinfectados, notó que el cuerpo de Cecilia estaba sudando demasiado, su piel parecía una roca cubierta de moho por las olas del mar, era necesario cambiar las sábanas, así que yo me dispuse a ayudar a voltearla para que pudieran limpiar y cambiarle el pañal que estaba sucio.
El mesero-enfermero la lavó con un poco de agua con jabón para enjuagarle la piel que se había ensuciado con el polvo blanco y comenzó a tararear una canción mientras acariciaba suavemente su piel seca, boca resquebrajada, rostro pálido y cabello envejecido.
La letra decía algo con Ohmmm, pero no entendíamos eso que significaba, lo dejamos cantar porque era mejor que la canción de la Danse Macabre o el punchis punchis de la fiesta trasnochada.
El señor de la caja registradora trajo varios trapos, así que entre la monja Mariana, José Mario, Dolores y yo, la limpiamos un poco, cada uno se enfocó en una sección del cuerpo, menos en el estómago, el mesero enfermero nos pidió no molestar a la muerte porque podría cambiar de lugar y alterar el debido orden de las cosas.
Hubo un silencio acompañado por el susurro de esa canción, por un instante el espacio dejó de ser ese lugar erótico y parecía algo más, el tic toc, bip bip, pushhh se acalló con esa onda que retumbaba en los sesos al cantar ohmmm. De pronto la purificación se sentía incluso en el interior de nuestros propios cuerpos. Todo se calmaba aun más, poco a poco parecía que ese mantra era el sonido del cosmos comprimido en una sílaba.
Mientras sucedía aquel ritual extraño de limpieza colectiva, el mesero-enfermero, con su voz aguda, recitó una oración, las otras tías repitieron las palabras como cacatúas porque querían respetar ese momento.
Mamá, cuando nazca, no seré lo que esperas.
Tendré un talento especial: encontrar la manera de meterme en problemas. No es que tenga malas intenciones, simplemente mi cuerpo y la gravedad tendrán una relación conflictiva. Si a eso le sumamos mi futura afición por los deportes de contacto, el resultado será un ser humano en constante estado de contusión y descoordinación. Todo con la gracia y la delicadeza que se espera de una señorita como yo.
En cuanto descubra el boxeo, abrazaré la filosofía de vida de "¡hasta el final!". Para mí, recibir un golpe bien dado no será una derrota, sino una anécdota que contar con orgullo. Cada puño será un cumplido: un derechazo en la quijada, un moño en el pelo, un cariño con el codo en la ceja, un labial mal aplicado, y una patada bien puesta en la espinilla con zapatos de cristal. "Un tiestazo es como recibir abrazos con efectos especiales", diré con una sonrisa torcida y un diente de leche menos, como una princesa de cuento... pero con la nariz inflamada como las brujas.
El problema llegará cuando mis guantes estén tan rotos que parezcan trapos viejos y mis uñas quebradas se oculten bajo vendas que parecerán telarañas. Pero eso no me detendrá. "El espíritu guerrero no está en el equipo, sino en el moretón cubierto con un poco de rubor en la mejilla hinchada", pensaré mientras me mire en el espejo del baño con un ojo morado recién adquirido y una pestaña mal puesta. "Nada más femenino que una mujer que sabe superar el dolor", como dice mi abuela.
Un día desafiaré a mi profesor, un hombre que habrá peleado en más guerras callejeras que cualquier soldado promedio. "Profe, hoy vengo por la victoria", anunciaré, segura de que esta vez podré al menos esquivar el primer golpe.
Diez segundos después estaré en el suelo viendo estrellitas y escuchando a los ángeles cantar salsa.
"Todo tiene su final, nada dura para siempre, tenemos que recordar que no existe eternidad."
Al despertar, lo primero que haré será sonreír. "¡Esto es mejor que una medalla!", exclamaré mientras mis compañeros me ayuden a ponerme de pie. "Porque las medallas no duelen, pero esto sí, y eso significa que estoy viva".
Pero la felicidad no durará mucho, porque después de aquella pelea seguramente me mandarán al psicólogo. Me tratarán de loca y me medicarán con sertralina, haciéndome sentir como un monstruo depresivo y ansioso que no se peina ni combina la vestimenta.
Luego me meterán en un colegio donde llevan a las niñas necias para que aprendan labores más delicadas: bordar, arreglar flores, servir el té. Pero lo único que aprenderé será a bailar hip hop, hacer grafitis y escribir cartas de amor. Y en cada una de esas cosas encontraré la forma de entrenar:
Engañar al enemigo, pensar antes de actuar, mejorar la coordinación, fortalecer la memoria, entrenar los reflejos y mantener siempre la defensa.
Cada paso de baile, cada corazón pintado y cada tag puesto en la pared será un golpe disfrazado; cada giro, una estrategia de ataque. Todo muy refinado y elegante, como una señorita supuestamente bien educada.
Desde ese día, me ganaré un apodo en el barrio: "la grilla peliona". No por mi destreza en la pelea ni por mi capacidad de conquistar al enemigo, sino porque nadie disfrutará tanto una paliza bien esquivada como yo.
Tal vez no sea la hija que imaginaste, porque nunca ganaré un torneo, ni seré campeona de algo, pero sí terminaré dedicándome a la pelea más difícil de todas: la de mantenerme en pie cuando todo quiera tumbarme.