Camila 2020

Camila 2020
Un retrato hecho para mi Por: Clara Mojica

sábado, 21 de marzo de 2026

Mujer sola

La mujer sola



Por: Marìa Camila Mojica Vélez

Soy María Camila Rojas Zapata, así, con los apellidos de las mujeres. Soy heredera del trabajo femenino, hija y nieta de mujeres solas que no pudieron desfallecer porque eso era un lujo.

Mis bisabuelas, una de Jericó y otra de Cúcuta, aprendieron demasiado pronto que la vida también puede partirse con la muerte prematura, en plena juventud, en la adultez fértil. Ambas fueron obligadas a sobrevivir tras la muerte de sus maridos, muertos del corazón, y desde entonces la incertidumbre, la explotación y la maternidad tuvieron nombre de mujer. Una pasó más de treinta años en el oficio de secretaria y telégrafa, mandando mensajes mientras sostenía hijos, hambre, educación y cuidado. Crió a cuatro hijos y a seis mujeres a quienes rezó, cocinó, vistió y protegió. La otra hizo de su cuerpo una frontera. Fue trabajadora sexual en el paso entre Colombia y Venezuela, allí donde la necesidad y la supervivencia se parecen demasiado. Con su trabajo sostuvo a cinco hijos y una hija, quien heredó su oficio para ayudar en el hogar. Las dos bisabuelas tuvieron muchos hijos. Las dos cargaron deudas, mandatos y cansancios. Las dos supieron que el cuerpo de una mujer a veces es casa, a veces herramienta, a veces sacrificio. Con sus manos y con su inteligencia abrieron camino para otros: para hijas e hijos que con los años pudieron estudiar, subir un peldaño, pronunciar la palabra futuro sin tanta vergüenza. Así se hicieron matriarcas. No de esas coronadas por la dulzura, sino de las otras: las que mandan porque no hay nadie más, las que trabajan, las que resuelven, las que no se permiten romperse porque hay demasiados cuerpos apoyados en el suyo. De esas mujeres solas vengo yo.

Después vino mi abuela, secretaria en la juventud y luego ama de casa el resto de su vida, mujer del hogar y del servicio, sosteniendo en silencio la arquitectura diaria del mundo. Sirvió a su esposo, un abogado que defendió territorios frente a las lógicas del desarrollo energético en El Peñol. Ella también trabajó, aunque a su trabajo nunca le llamaran trabajo: estaba hecho de comida, de plantas, de oraciones y de cuidado. Su trabajo era escuchar, abrazar, callar y aguantar. Luego vino mi madre, que sí pudo estudiar gracias al esfuerzo del abuelo y al cuidado interminable de la abuela, quien le enseñó de plantas medicinales, culturas espirituales y cuidados maternales. Por eso se hizo médica. Mi madre aprendió a curar cuerpos mientras el suyo se acostumbraba al cansancio. Conoció a mi papá, un intelectual revolucionario, uno de esos hombres que piensan el mundo con una intensidad tan profunda que no priorizan sostener un hogar, porque las injusticias del mundo parecen siempre más pesadas. Por eso mi mamá trabajó toda la vida. Dos jornadas en el consultorio. Turnos largos en el hospital. Quería ayudar, y viajaba a barrios en Medellín y selvas en Cubará para hacer trabajo comunitario, para apoyar a los indígenas UWA a proteger sus saberes de cuidado y no entregarlos a la Iglesia ni al Estado. Pero además nunca abandonó el hogar. Siempre sostuvo el pan, las cuentas, el estudio de dos hijos y dos hijas. Mientras tanto, mi padre pasaba horas y horas pensando cómo mejorar el mundo. Pero un día cogió las...  se fue y no volvió.  Entonces la historia se repitió. Mi madre se convirtió en la matriarca otra vez. Trabajó y trabajó. Cuidó y cuidó. Se echó la familia al hombro como quien carga una piedra que no puede soltar. Sacó adelante a sus hijos, a la abuela viuda, a las tías y a los tíos solteros. Como las mujeres antes que ella, se volvió una mujer sola. No sola por ausencia del marido, sino sola en el sentido más hondo: sola en la responsabilidad, sola en el desvelo, sola en la intemperie de las deudas y el deber.

Yo interioricé cuidar antes que descansar. Responder antes de pedir. Comprendí esa vocación de servicio que en mi familia ha sido herencia, orgullo y condena. Aprendí a amar a las mujeres más que a los hombres. Por eso ahora trabajo y  trabajo, ayudo y ayudo, cuido y cuido, como si detenerme fuera una traición a todas las mujeres que me hicieron posible. Aunque los tiempos hayan cambiado, yo también soy una mujer sola. Pienso en mi futuro ya no al lado de un hombre, sino desde mí misma, desde esta mezcla de miedo, fuerza y costumbre que me sostiene. Todos los días me gano el salario como ellas, pero nunca alcanza, me endeudo y me endeudo para poder cuidar: cuidar a mis tíos y tías solas, a mi madre sola, a mí sola. Ahora me cuesta profundamente construir vínculos afectivos que me permitan imaginar una familia, porque con la ausencia me hice independiente, autosuficiente, resignada ante el dolor, incapaz de compartir el sufrimiento, acostumbrada a hacer del silencio una defensa. A veces eso me destruye. A veces eso me salva. Hay días en que siento que heredé no solo la fuerza de las matriarcas, sino también su cansancio, su dureza, su manera de amar sin pedir nada, su forma de cargar el mundo como si el mundo no pesara. Y sin embargo, mi lucha ahora es otra. Mi lucha interior es ser una mujer comunidad, una mujer que no renuncie a su fuerza, pero que tampoco se condene a sostenerlo todo sin ayuda. Quiero tejer redes de apoyo, dejarme cuidar, amar a una mujer, habitar la ternura sin vergüenza, cuidar a otros sin desaparecer de mí. Pero eso lo comprendí a medias, porque toda mi vida vi a las matriarcas cargando el mundo solas sobre sus espaldas. Ahora amo a las mujeres y me imagino la vida con ellas: ellas, que han sostenido mi vida y han hecho de mí quien soy.

lunes, 9 de marzo de 2026

Me están amenazando




Autobiografía crediticia
"Me están amenazando"

Por: Camila Mojica

Mi paradoja empírica se fue construyendo a lo largo de mi vida laboral, no como un evento aislado, sino como una acumulación de decisiones, esfuerzos, deudas, pérdidas y formas de supervivencia. Durante años he trabajado de manera constante, a veces en empleos más estables y muchas otras enlazando contratos, trabajos simultáneos, emprendimientos e ingresos informales. Sin embargo, esa continuidad en el trabajo no se ha traducido en tranquilidad económica, sino en una relación cada vez más intensa con la deuda, el riesgo, la vigilancia financiera y la necesidad de sostenerme dentro de un sistema que sé que me precariza.

Entre 2008 y 2015 trabajé en Telemedellín en producción audiovisual. Empecé ganándome 800 mil pesos mensuales y, hacia 2011, comencé a ganarme alrededor de 3 millones. Ese aumento en los ingresos hizo que los bancos empezaran a ofrecerme créditos por 5 millones de pesos. Al principio, esos créditos parecían una posibilidad de apoyo, algo manejable, una herramienta para ampliar mis posibilidades en un momento en que sentía que podía crecer profesionalmente. Inicialmente hacía pagos a una sola cuota, pero poco a poco la deuda fue creciendo. Parte de esos recursos los usé para viajar a Estados Unidos por trabajo, a Cuba para estudios académicos, donde además me endeudé para estudiar Televisión Infantil, y también para pagar matrículas universitarias en el Politécnico Jaime Isaza Cadavid. En ese momento, yo seguía esforzándome académicamente; de hecho, agradezco que en la Universidad Nacional siempre procuré tener el mejor promedio, lo que me permitió eximirme del pago de matrícula. Aun así, la deuda ya empezaba a organizar parte de mi vida.

Desde 2011 acepté además un producto de MetLife que fue presentado como respaldo, ahorro para el futuro y protección. Yo lo asumí como una forma de construir una supuesta jubilación frente al aumento de la deuda, como si estuviera pagando para mi vejez y para garantizar cierta seguridad futura. Durante varios años me descontaron dinero de manera constante; entre 2011 y 2014 pagué cerca de 5 millones de pesos. Cuando salí de Telemedellín y ya no pude seguir asumiendo ese costo, quise retirarme y recuperar ese dinero, pero no me devolvieron nada porque no había cumplido el tiempo mínimo exigido. Con el tiempo entendí esa experiencia de otra manera: no como un verdadero ahorro para mi vejez, sino como una forma contractual en la que la promesa de jubilación encubría, en la práctica, un seguro de vida y permanencia. Yo lo viví como una estafa legal: no pagaba realmente para mi retiro, sino por seguir estando disponible, sana y cumpliendo las condiciones del contrato; y cuando ya no pude sostenerlo, lo aportado se perdió. Esa experiencia fue muy dura para mí, porque me mostró que incluso los mecanismos presentados como protección y previsión podían operar también como formas de extracción.

Cuando terminó mi contrato en Telemedellín yo todavía debía cerca de 2 millones de pesos. Salir de ese trabajo no significó una liberación financiera, sino la necesidad de seguir pagando en medio de una situación más incierta. En 2016 tuve que aceptar múltiples contratos cortos en universidades, en Fundación Unidas y en EAFIT. Continué pagando las cuotas que ya tenía y, al mismo tiempo, me ofrecieron más créditos. En un momento de desempleo y tristeza por lo perdido con MetLife, acepté incluso comprar a crédito un viaje a Japón, por un total de 12 millones de pesos, además de los 2 millones que ya venía pagando. En esa época empecé mi emprendimiento Nodelab, que era también una apuesta por construir una fuente propia de ingresos. Pero Nodelab no siempre tenía clientes y muchos de los negocios funcionaban a través de la informalidad, de acuerdos de palabra y de ingresos irregulares. También adquirí créditos en Nodelab para poder pagar empleadas, cubrir gastos fijos y sostener la operación mientras llegaban pagos de clientes que podían demorarse hasta tres meses. Así, el emprendimiento no fue una salida estable, sino otra forma de sostenerme dentro de una economía marcada por la incertidumbre.

Entre 2017 y 2018 combiné trabajos en diseño, comunicaciones y audiovisual, tambien fueron los primeros años que declaré renta. Durante ese tiempo seguí pagando la deuda, pero como no siempre tenía trabajo fijo todos los meses, los intereses de mora hicieron que la deuda creciera y creciera hasta llegar a 30 millones de pesos. Esa es una de las contradicciones más fuertes de mi experiencia: yo trabajaba, pagaba y me esforzaba por cumplir, pero aun así la deuda no disminuía de manera proporcional; por el contrario, se expandía. Ahí entendí con más claridad que la deuda no castiga solamente al que no quiere pagar, sino también al que vive en condiciones laborales irregulares y no logra sostener una continuidad perfecta en los pagos.

Entre 2018 y 2019 seguí superponiendo trabajos en Telecinco, teatro y universidades. Continué pagando las deudas y empezaron a aparecer trabajos un poco más estables. Sin embargo, en 2019 tuve una pelea con mi socia y me vi obligada a liquidar la empresa Nodelab. Al final, debido a una distribución desigual del capital y del patrimonio, para no perder completamente lo invertido terminé quedándome con todo lo que había allí, y eso incluía también los créditos y las deudas de la empresa. Es decir, no solo arrastraba mis deudas personales, sino que asumí además la carga financiera de un proyecto empresarial que no pudo sostenerse. Ese mismo año declaré renta por 7 millones de pesos, lo que muestra otra dimensión de mi experiencia: aunque por momentos lograba producir ingresos, esos ingresos no representaban necesariamente alivio, porque ya estaban comprometidos por deudas, obligaciones y pérdidas acumuladas.

En 2020 coexistieron varios contratos y se intensificó el pluriempleo. Continué pagando deudas y cuotas, y declaré renta por 5 millones. A partir de 2020 y hasta 2024 trabajé simultáneamente en EAFIT-SIATA, Universidad de Antioquia y en el Centro Nacional de Memoria Histórica. Esa etapa puede verse como un período de trabajo fuerte, sostenido y profesionalmente valioso, pero también fue un tiempo de autoexplotación. Continué pagando deudas y cuotas, tratando de sostener todo al mismo tiempo. En 2021 declaré renta por 7 millones de pesos. Entre 2022, 2023 y 2024, debido a los múltiples contratos, mis declaraciones se movieron entre 2 y 5 millones. Legalmente, esta obligación se enmarca en el impuesto sobre la renta y complementarios, que en Colombia constituye un solo impuesto, y la obligación de declarar depende, entre otros factores, de topes de patrimonio, ingresos, consumos y consignaciones bancarias. En mi experiencia concreta, la declaración de renta no se vive como un simple trámite, sino como una extracción estatal sobre el patrimonio y el ingreso que quedan después de sostener deudas, salud, trabajo y reproducción cotidiana.

En 2022 logré finalmente pagar el crédito que ya había llegado a 30 millones de pesos. Eso podría parecer un momento de cierre, pero en realidad no fue el final del circuito. En 2023 mi padre murio como migrante ilegal en el exterior y para acompañarlo en su funeral tuve que hacer un credito de 3 millones de pesos. En 2024 mi madre sufrió un infarto, y esa emergencia me llevó a aceptar de nuevo un crédito de 30 millones. Con 7 millones pagué las cirugías de mi mamá y parte del cuidado que necesitó después, porque se enfermó y yo tuve que asumir gastos asociados también a la fundación, que es el emprendimiento de ella, además de otros gastos médicos. Con el resto compré el carro de mi hermana, ayudé a mis hermanos a pagar un viaje para hacer el posdoctorado y también financié una maestría para mí. Sin embargo, no pude continuar esa maestría por la autoexplotación y el agotamiento intelectual. Trabajaba en varios frentes al mismo tiempo, sostenía deudas, asumía responsabilidades familiares y trataba de seguir estudiando, hasta que tuve que reconocer que la única forma posible de continuar formándome, para poder aspirar a mejores ingresos, era a través de una beca.

Desde entonces la deuda sigue creciendo, porque en los períodos en que no tengo ingresos me toca renegociar, aceptar penalizaciones y volver a entrar en el circuito del pago ampliado. Esa es una de las formas más claras de mi paradoja: incluso cuando reconozco que las renegociaciones me perjudican, las acepto porque no hacerlo puede implicar un deterioro más inmediato. También he vivido cómo tanto los ingresos formales como los informales aumentan la vigilancia sobre mí. Cuando el dinero entra al sistema bancario, cuando se mueve entre cuentas o cuando queda registrado, aumenta la exposición a impuestos, declaraciones de renta, monitoreo constante y posibles embargos. La DIAN señala que, entre los criterios que obligan a declarar renta para personas naturales, se encuentran no solo los ingresos, sino también el patrimonio bruto, los consumos y el valor acumulado de consignaciones, depósitos o inversiones financieras. Así, el ingreso no es simplemente un recurso para vivir, sino también un punto de captura.

Por eso me he visto obligada a buscar formas de administrar el dinero por fuera del sistema bancario, para poder conservar al menos un mínimo que me permita sostener la vida. El efectivo, los acuerdos informales y ciertas formas menos visibles de circulación del dinero se convierten entonces en una estrategia de supervivencia. No porque yo rechace por principio la formalidad, sino porque la bancarización completa, en mis condiciones, significa también mayor exposición a la captura, al embargo y a la extracción tributaria y financiera.

Me están amenazando. Me amenaza el Estado cuando la declaración de renta deja de ser solo una obligación administrativa y se convierte, en mi experiencia, en la advertencia de que una falla tributaria puede escalar hacia sanciones graves e incluso consecuencias penales en determinados supuestos previstos por la ley. Me amenaza el banco cuando me hace vivir bajo la idea de que, si no pago, me pueden embargar lo poco que tengo, inmovilizar mis cuentas y quitarme mis bienes. Para 2024, ese bien era el carro; y aunque no me lo quitaron judicialmente en ese momento, el peso de esa amenaza organizó mis decisiones hasta el punto de venderlo en 2025 para poder estudiar. Esa venta no fue un acto libre en sentido pleno, sino una respuesta dentro de un campo de opciones restringidas por la deuda, la vigilancia y el miedo.

Esa es la forma concreta de mi paradoja empírica. No se trata simplemente de que debo dinero o de que tengo obligaciones fiscales. Se trata de que vivo dentro de una estructura donde trabajar más, declarar más, mover más dinero y sostener más responsabilidades no me libera, sino que me hace más visible, más capturable y más amenazada. Sé que me están amenazando y, aun así, continúo actuando dentro de esas reglas, porque salir de ellas parece todavía más costoso. La coerción no me paraliza: me obliga a moverme, a vender, a pagar, a renegociar, a esconder parcialmente lo que gano y a reorganizar sin descanso mi vida para seguir existiendo. Por eso, mi autobiografía no es solo la historia de una deuda, sino la historia de una vida gobernada por amenazas, donde cada uno es libre de escoger las propias cadenas que condicionan su vida.


Bibliografía

Colombia. Decreto 1625 de 2016. “Por medio del cual se expide el Decreto Único Reglamentario en Materia Tributaria”. Bogotá: Presidencia de la República, 2016.

Colombia. Estatuto Tributario. Artículo 5. Bogotá: Secretaría del Senado de la República de Colombia.

DIAN. Declaración de Renta Personas Naturales AG 2024. Bogotá: Dirección de Impuestos y Aduanas Nacionales. 

Luz


Volver a lo común...

pero lo común nunca se fue.


Estaba en ellas: las mujeres.


En Luz o en Lucero.

En la tía y las tías.

En la abuela o las abuelas.

En la madre y las madres.

Luz clara y cálida.


Lo común es el salvavidas,

mi vida sostenida en manos 

que hacen ruido, cantan, 

regañan y oran.


Me cuidan. Nos cuidan. 

Cuidamos.

Compañía que se impone, 

se queda y aguanta. 

Persistente.


Luz es fuego y fuerza.

Palmada y límite.

Es la regla que se rompe

y luego llega con el perdón,

la confesión,

la transformación lenta.


Encandila su belleza 

como la elegancia de lo cotidiano, 

es la finura del detalle, 

que es constante y cambiante 

como lo finito e infinito.


Se lleva en el corazón,

a todas partes, donde los pasos caminan. 

Ella es las enseñanzas, 

los cumpleaños,

un incienso luminoso 

que guarda la plegaria 

y el anhelo.

domingo, 1 de febrero de 2026

Azul


Pajarito azul,
reposas en sus manos
con el pecho partido.

Tiemblas como un pichón
caído del nidal.

Respiras con dolor en la oscuridad,
mientras la carne se vuelve raíz
y los huesos, piedra.

Acompañas a un viejo
olvidado por sus hijos;
abrazas su corazón,
camino hacia Caronte,
para que recuerde a esa niña
que lo esperó 

frente a la puerta.


viernes, 16 de enero de 2026

Caminar



¡Sé que estamos siendo amenazados!

La tierra es muy fértil
y es necesario desangrarla,
para que extraiga, rinda y pague.

Ellos quieren venir,
otra vez,
con su Biblia,
con su mapa,
con su lengua.

Saquear y conquistar
es lo mismo.

Solo cambia el uniforme:
ahora manda la espada, el imperio
antes el contrato, la deuda.

Todo se acaba,
cada vez es más incierto.

¿Va a dejar de llover?
¿Todo se va a inundar?
¿Nos vamos a incendiar?

Las frutas ya vienen sin semillas.
La luz natural es privatizada.
Y los precios aumentan,
el hambre es una industria
y el miedo un impuesto.

No tengo trabajo,
y si me enfermo…
¿cómo poder ayudarme?

La plata es medida y temporal:
un permiso corto para existir,
un alquiler del cuerpo,
una tregua.

¿Qué voy a hacer?
No lo sé…

Pero al menos
no nos han bombardeado.

Pobres hermanos,
van a terminar
sin tierra, cultivos ni casas,
despellejados y amputados,

recolectando muertos 
cómo semillas carbonizadas.

El cuerpo una cifra,
el dolor una noticia,
la sangre convertida en paisaje.

El mundo está colapsando.

Porque lo que cambia
no es solo el clima:
es el tacto

Vivir

debería ser posible,

pero…

en el parque frente a mi casa
todo está bien, 

por ahora.

La rutina es igual:
los niños corren,
la gente pasea,
los pájaros ponen nido
los árboles siguen de pie.

y aun así...

siempre soñé esto

no tener que hacer algo,
solo nada.

Abrazar a mis perros,
como abrazo mi suspiro.

Comer lo necesario
sin culpa.

Leer y escribir
como quien guarda agua
en medio de un incendio.

Sueño, pienso, no soy funcional.
Soy libre con mis zapatos y la maleta.

Y aunque esté sola,
aunque el mundo se derrumbe,

caminar
caminar
caminar…