La mujer sola
Por: Marìa Camila Mojica Vélez
Soy María Camila Rojas Zapata, así, con los apellidos de las mujeres. Soy heredera del trabajo femenino, hija y nieta de mujeres solas que no pudieron desfallecer porque eso era un lujo.
Mis bisabuelas, una de Jericó y otra de Cúcuta, aprendieron demasiado pronto que la vida también puede partirse con la muerte prematura, en plena juventud, en la adultez fértil. Ambas fueron obligadas a sobrevivir tras la muerte de sus maridos, muertos del corazón, y desde entonces la incertidumbre, la explotación y la maternidad tuvieron nombre de mujer. Una pasó más de treinta años en el oficio de secretaria y telégrafa, mandando mensajes mientras sostenía hijos, hambre, educación y cuidado. Crió a cuatro hijos y a seis mujeres a quienes rezó, cocinó, vistió y protegió. La otra hizo de su cuerpo una frontera. Fue trabajadora sexual en el paso entre Colombia y Venezuela, allí donde la necesidad y la supervivencia se parecen demasiado. Con su trabajo sostuvo a cinco hijos y una hija, quien heredó su oficio para ayudar en el hogar. Las dos bisabuelas tuvieron muchos hijos. Las dos cargaron deudas, mandatos y cansancios. Las dos supieron que el cuerpo de una mujer a veces es casa, a veces herramienta, a veces sacrificio. Con sus manos y con su inteligencia abrieron camino para otros: para hijas e hijos que con los años pudieron estudiar, subir un peldaño, pronunciar la palabra futuro sin tanta vergüenza. Así se hicieron matriarcas. No de esas coronadas por la dulzura, sino de las otras: las que mandan porque no hay nadie más, las que trabajan, las que resuelven, las que no se permiten romperse porque hay demasiados cuerpos apoyados en el suyo. De esas mujeres solas vengo yo.
Después vino mi abuela, secretaria en la juventud y luego ama de casa el resto de su vida, mujer del hogar y del servicio, sosteniendo en silencio la arquitectura diaria del mundo. Sirvió a su esposo, un abogado que defendió territorios frente a las lógicas del desarrollo energético en El Peñol. Ella también trabajó, aunque a su trabajo nunca le llamaran trabajo: estaba hecho de comida, de plantas, de oraciones y de cuidado. Su trabajo era escuchar, abrazar, callar y aguantar. Luego vino mi madre, que sí pudo estudiar gracias al esfuerzo del abuelo y al cuidado interminable de la abuela, quien le enseñó de plantas medicinales, culturas espirituales y cuidados maternales. Por eso se hizo médica. Mi madre aprendió a curar cuerpos mientras el suyo se acostumbraba al ansancio. Conoció a mi papá, un intelectual revolucionario, uno de esos hombres que piensan el mundo con una intensidad tan profunda que no priorizan sostener un hogar, porque las injusticias del mundo parecen siempre más pesadas. Por eso mi mamá trabajó toda la vida. Dos jornadas en el consultorio. Turnos largos en el hospital. Quería ayudar, y viajaba a barrios en Medellín y selvas en Cubará para hacer trabajo comunitario, para apoyar a los indígenas UWA a proteger sus saberes de cuidado y no entregarlos a la Iglesia ni al Estado. Pero además nunca abandonó el hogar. Siempre sostuvo el pan, las cuentas, el estudio de dos hijos y dos hijas. Mientras tanto, mi padre pasaba horas y horas pensando cómo mejorar el mundo. Pero un día cogió las... se fue y no volvió. Entonces la historia se repitió. Mi madre se convirtió en la matriarca otra vez. Trabajó y trabajó. Cuidó y cuidó. Se echó la familia al hombro como quien carga una piedra que no puede soltar. Sacó adelante a sus hijos, a la abuela viuda, a las tías y a los tíos solteros. Como las mujeres antes que ella, se volvió una mujer sola. No sola por ausencia del marido, sino sola en el sentido más hondo: sola en la responsabilidad, sola en el desvelo, sola en la intemperie de las deudas y el deber.
Yo mirando, interioricé cuidar antes que descansar. Responder antes de pedir. Comprendí esa vocación de servicio que en mi familia ha sido herencia, orgullo y condena. Aprendí a amar a las mujeres más que a los hombres. Por eso ahora trabajo y trabajo, ayudo y ayudo, cuido y cuido, como si detenerme fuera una traición a todas las mujeres que me hicieron posible. Aunque los tiempos hayan cambiado, yo también soy una mujer sola. Pienso en mi futuro ya no al lado de un hombre, sino desde mí misma, desde esta mezcla de miedo, fuerza y costumbre que me sostiene. Todos los días me gano el salario como ellas, pero nunca alcanza, me endeudo y me endeudo para poder cuidar: cuidar a mis tíos y tías solas, a mi madre sola, a mí sola. Ahora me cuesta profundamente construir vínculos afectivos que me permitan imaginar una familia, porque con la ausencia me hice independiente, autosuficiente, resignada ante el dolor, incapaz de compartir el sufrimiento, acostumbrada a hacer del silencio una defensa. A veces eso me destruye. A veces eso me salva. Hay días en que siento que heredé no solo la fuerza de las matriarcas, sino también su cansancio, su dureza, su manera de amar sin pedir nada, su forma de cargar el mundo como si el mundo no pesara. Y sin embargo, mi lucha ahora es otra. Mi lucha interior es ser una mujer comunidad, una mujer que no renuncie a su fuerza, pero que tampoco se condene a sostenerlo todo sin ayuda. Quiero tejer redes de apoyo, dejarme cuidar, amar a una mujer, habitar la ternura sin vergüenza, cuidar a otros sin desaparecer de mí. Pero eso lo comprendí a medias, porque toda mi vida vi a las matriarcas cargando el mundo solas sobre sus espaldas. Ahora amo a las mujeres y me imagino la vida con ellas: ellas, que han sostenido mi vida y han hecho de mí quien soy.

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